Arnaldo Otegi: de la violencia y el reconocimiento

La liberación de Arnaldo Otegi suscita declaraciones que resultan siempre polémicas. Algunas son demasiado tibias, otras demasiado indulgentes y el resto insultantemente agresivas. Sea como fuere la salida a la calle del máximo dirigente de la izquierda abertzale, como mínimo el más representativo en los últimos años, añade un nuevo color a la paleta de la política estatal.

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Que Arnaldo Otegi merezca o no la condición de preso político es una polémica indisoluble. Los que no quieran reconocer esa condición bajo el argumento de su antigua pertenencia a ETA jamás saldrán de sus trece. Por el contrario los que defienden esta condición pueden esgrimir una serie conjeturas y la triste realidad de que si efectivamente hubo un delito podría haberse dado una solución política a ese desajuste. Llegados a este punto hay que hacer memoria de que los indultos sirven para estas cosas: a veces uno ha cometido una ilegalidad, sobre papel es así, pero puede que la intencionalidad de ese delito, dimensión que no siempre reconoce la justicia, merezca una solución política.

Como en todos los debates respecto al terrorismo, revolucionario o estatal, la violencia y la memoria es necesario un pequeño esfuerzo de ambas partes por reconciliarse. Esa reconciliación debe ser una justa repartición de responsabilidades que no tenga matiz de reproche alguno.

El mejor ejemplo es el caso de la condición de preso de Otegi. Si algunos sectores políticos y civiles hubiesen hecho el esfuerzo de reconocer el intento del dirigente político por llevar a la izquierda abertzale por la vía política a cualquier precio, cualquier precio era la muerte por parte de la banda o la cárcel por parte del estado español, hubiese producido que parte del argumento del victimismo que la izquierda abertzale, que tiene parte de razón pero no lo justifica todo, hubiese desaparecido de su discurso.

Pero claro cuando aquí todo el mundo es víctima, y con motivos, y ninguno de los dos se reconoce, el diálogo es imposible. Todo hay que decirlo. No tiene el mismo valor el reconocimiento de un grupo político, vamos a decir, relativamente pequeño, con el reconocimiento de culpa que pueda tener una institución estatal. Pero cierto es que esa voluntad de escucharse no ha existido hasta hace poco, sigue costando, es dolorosa y, pese al inmovilismo de unos, merece la pena hablar de todos los esfuerzos que día a día se hacen en Euskadi para hablar sin tabúes de los errores cometidos por todos.

Arnaldo Otegi propicio en gran parte esta situación, junto con todo el pueblo de Euskal Herria y del resto del estado, y que su bilis sea negra no solo se debe a la cercanía de las elecciones municipales sino al mal regusto de boca que tiene que dejarle a uno que le llamen terrorista toda la vida pero que a quienes fueron golpistas, torturadores o abogados colaboracionistas se les deje campar libremente y sin ningún sobrenombre que recuerde su terrible pasado.

La conclusión es clara: cada uno ve la violencia legítima siempre que esté de su lado y el perdón, desde esa comodidad, es mucho más fácil de conceder. De lo que tenemos que darnos cuenta es que el poder va en relación con la responsabilidad A mayor poder mayor responsabilidad y, por supuesto, el ejemplo que se debería dar desde todas las altas instituciones españolas, europeas y mundiales, es el reconocimiento de las injusticias cometidas contra los pueblos que, dentro de los países correspondientes, eran distintos al discurso hegemónico predominante. Que conste, solo de la opresión y de la violencia nace más opresión y violencia. De estados dictatoriales y opresores solo pueden salir fuerzas que luchen con la misma o mayor violencia. Y a la inversa, las reacciones a esas fuerza solo pueden ser mayor violencia y opresión del poder. A nadie debería sorprender esto: la culpabilidad es mutua cuando un círculo no puede cerrarse. Este es el ejercicio que cabe hacer y esperemos que gente como Otegi lo haga sino es que lo ha hecho ya.

 

 

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