¿Sueñan las langostas con la libertad?

¿Podemos elegir? ¿O somos seres predestinados a cumplir un objetivo dentro de un sistema neo-dictatorial? Yargos Lanthimos transita por estas incógnitas en su obra más reciente, “Langosta” (“The Lobster”), ganadora del Premio del Jurado en la última edición del Festival de Cannes.

Fábula distópica en la que los solteros no están permitidos y se les encierra en un hotel para que aprendan las ventajas de la vida conyugal o en su defecto serán transformados en un animal a su elección. Bajo esta premisa Lanthimos (acompañado en el guión por Efthymis Filippou) ofrece su particular visión de un mundo actual a merced de la supremacía de uno: las mujeres. Mediante David, el protagonista de esta fábula que es interpretado por Colin Farrell, se observa como este nuevo hombre es menos que una marioneta bajo los designios de ellas.

Primero en la secuencia descorazonadora de la casa, a continuación en el hotel-refugio de concentración, después en el propio bosque donde debería reencontrarse con su lado más animal. En ninguno de estos espacios David actúa por voluntad propia. Lo que debería ser su voluntad son simples acciones que acomete para satisfacer a la otra. Sólo en la ciudad, el medio predilecto del hombre del tercer milenio, parece que David pierde el miedo a mostrarse tal y como es y así a amar (y besar) como lo hacen los enamorados.

Estos instantes de la vida de David que vemos en pantalla son en realidad la continua repetición en bucle de un fracaso convertido en trauma: la incapacidad de amar y ser amado. David sale de las sombras de una mujer que lo domina todo (de su exmujer a la manager del hotel -Olivia Colman- y de esta a la líder del bosque -Léa Seydoux-) para caer al instante en las fauces de otra dama de hierro que hace de su palabra la ley.

Gracias a esta repetición quedan al descubierto algunas de las grandes carencias de “Langosta”. La primera falta que salta en el horizonte fílmico es la incapacidad para tejer una narración potente partiendo de una magnífica premisa. La película de Lanthimos se queda en eso, en una gran proposición que necesita introducir constantemente nuevos personajes en la trama para renovar el conflicto.

Mediante este goteo de roles surge la segunda carencia, que es el diferente nivel de las interpretaciones. El gran mérito interpretativo de esta obra recae durante sus casi 120 minutos en los hombros de Colin Farrell, en la que probablemente sea la mejor interpretación de su carrera. No solo porque la impasibilidad de David suponía un gran riesgo, ya que podía caer en la trampa de ser un protagonista nulo, sin nada que aportar, sino que los contantes careos con decenas de actores en diferentes roles los resuelve de forma soberbia, ofreciendo así el gran tour de forcé de Colin Farrell.

Por último la imposición de la estética para ocultar estas lagunas debilitan aún más la propuesta de Lanthimos, ya que el realizador griego pierde la capacidad de dar empaque a esa estética durante toda la cinta. Por ejemplo, lo visual de las secuencias a cámara lenta para potenciar los destellos de hombría de David funcionan en un comienzo, pero según avanza la película se convierten en previsibles y repetitivos.

Así pues, como metáfora de la última epopeya ateniense, o de cualquiera de la Grecia clásica que se desee seleccionar, “The Lobster” funciona, no tanto como película contemporánea que tenga valor de relevancia para nuestra sociedad, como sí que lo tenía y lo sigue poseyendo el cine de Costa-Gavras.

colin-farrell-in-the-lobster

@SuperSergiof

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